Lo que produce asombro en
la opinión pública española es un Estado, como el de Israel, que no se
avergüenza de serloSÍ. Resulta ya innegable
que hay una ola de antisemitismo en España y que es preciso reconocer el
fenómeno, definir su naturaleza y analizar sus causas, para erradicarlo. Las
reacciones histéricas que está produciendo la respuesta de Israel sobre la
Franja de Gaza a la inicial ofensiva de los palestinos denotan que ha arraigado
entre nosotros una peligrosa cultura del prejuicio contra los judíos y contra
lo judío. Se puede desear la paz en ese rincón del mundo. Se puede pedir
contención y proporción al Ejército israelí en su respuesta a Hamás, dada la
evidente superioridad militar del primero. Se pueden admitir muchos peros y
matices bienintencionados. Pero lo que no se puede es ignorar de quién ha
partido la provocación y quién disparó los primeros misiles para presentarlo como
una pobre víctima indefensa frente al demonio. Hay un obvio juego sucio por
parte de nuestra izquierda en presentar esta guerra como si fuera la única que
ha habido en la historia de la Humanidad y no respondiera a un antiguo
conflicto en el que ya llueve sobre mojado.
Hay una paradoja que
distingue al nuevo antisemitismo del clásico, del de toda la vida. Si aquel se
cimentaba sobre argumentos tradicionales y reaccionarios, este se basa en
valores presuntamente progresistas. Si aquel se justificaba por el integrismo
católico o el odio racial, por la culpa judía en la muerte de Cristo y por la
limpieza de sangre, al nuevo antisemitismo se llega por la vía de la corrección
política, del buenismo, del utopismo, del pacifismo y del antirracismo,
paradójicamente. Es preciso comprender esto para no hacer un diagnóstico falso
y para combatirlo con la adecuada vacuna ideológica. ¿Por qué nuestra izquierda
se identifica antes con la causa islámica y teocrática que con la de un Estado
moderno y democrático como Israel? ¿Sigue vigente todavía la candidez que hizo
ver un movimiento libertador en la Revolución iraní, o hay nuevos factores que
abundan en esa identificación supersticiosa? ¿No será que ha cuajado
colectivamente en nuestra izquierda y en una buena parte de la sociedad
española una cultura de la laxitud que ve como moralmente reprochable y
políticamente detestable la clara, abierta y legítima autodefensa de un Estado,
la salvaguarda de sus fronteras y la osadía de aspirar «fascistamente» a su
propia supervivencia?
En cualquier debate sobre
el drama palestino-israelí puede constatarse que lo que despierta antipatía y
desventaja ética ya de partida es la voluntad manifiesta de los judíos de
defender su Estado sin ambages ni disimulos ni hipocresías ni malas conciencias.
Es eso lo que irrita en un país, como el nuestro, acostumbrado a que el Estado
pida perdón por todo, incluso y antes que nada por su propia existencia. Es eso
lo que produce asombro en una opinión pública mucho más condicionada de lo que
cree por la presión ideológica de nuestros nacionalismos periféricos: un Estado
como el de Israel que no se avergüenza de serlo ni de neutralizar a sus
enemigos. Y así tenemos que lo que en principio es para los palestinos una
desventaja en el contexto mundial –ese Estado sin acabar– se convierte en un
punto a favor para su propaganda internacional.
Pero la paradoja llega
más lejos. Lo que se les reprocha a los judíos de hoy es que no sean en la
defensa del Estado de Israel más ladinos, más taimados, más farsantes y más
políticamente correctos, como lo son sus enemigos. Lo que irita de los judíos,
en fin, es que no mientan y no respondan al cliché que el antisemitismo
tradicional ha elaborado de ellos.
El nuevo antisemitismo
06/Ago/2014
ABC, España